

Sam se despierta en una habitación fría y metálica con un largo reguero de sangre que fluye desde la puerta. El rastro de sangre conduce a un cuerpo mutilado. El cuerpo es el de su novio, que yace en el rincón de la habitación. A pesar de su evidente terror, ella sabe misteriosamente dónde se encuentra y a quién pertenece la ominosa y autoritaria voz que sale por el interfono. Es la voz de su padre. Permanece en la habitación como castigo, y no sabe cuánto tiempo tardará en salir. Las horas se convierten en días, y los días se convierten en semanas. En la habitación, Sam encuentra consuelo en hablar con su hermana de nueve años a través de una ranura en la parte inferior de la puerta. Esto la mantiene ocupada y su mente enfocada para evitar los flashes recurrentes que tiene de la muerte de su madre. Mientras tanto, la voz le da instrucciones para tomar pastillas blancas que la duermen. Sam comienza a recomponer fragmentos de recuerdos de su pasado y a entender por qué permanece encerrada en esta habitación, ya que lo que hay dentro de ella no puede ser liberado.
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